Verdades y mentiras: el cordón umbilical

Una vez nace el bebé, una de las cosas que más extrañas parece, a padres y a la gente cercana, es el cordón umbilical. Esa pincita enganchada a un trozo de ombligo del bebé parece una tijera a punto de dañarte con solo mirarla.
Es curioso como, al igual que en otras muchas cosas, por lo efímero de su existencia apenas se presta atención a cómo debe ser, cómo debe evolucionar, y cómo debes actuar con el cordón una vez en casa. Nadie duda de las explicaciones de matronas y enfermeras, advirtiendo sobre cómo secarlo y cómo mantenerlo limpio. Pero, ¿cómo es un cordón umbilical? ¿Cómo saber que está en buen estado una vez se cae la parte seca junto a la pinza?
Nosotros, para variar, lo descubrimos a la fuerza. Primero te tiras esos primeros días, en nuestro caso unos ocho días, vigilante al olor del cordón. “Si huele mal acude al pediatra”. Concreto, pero ambiguo. Un bebé no huele especialmente a rosas, como para saber qué es “oler mal” en ese caso. Pero aguantas, en tu condición de padre primerizo, con más miedo que otra cosa, por querer hacerlo bien. Y, una vez se cae, ¿cómo saber que está todo bien? “Si huele mal acude al pediatra”. En otro alarde de salvar la vida del bebé aunque tú envejezcas de la preocupación, todo el personal sanitario coincide. Después de una ronda de WhatsApps a las abuelas, y de buscar en Google, decides que esa pequeña especie de ampolla que sale de su ombligo, que luego es un minivolcán con costra, es normal.
La verdad es que el aspecto del ombligo, aún visto con normalidad por pediatras, matronas, y abuelas, no tiene nada de normal a los ojos de un padre primerizo. Ni de una madre desde luego. Y vuelvo a lo de siempre, ¿tan difícil es una pequeña explicación, para ahorrarte el mal trago de la preocupación?

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